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[Artículo] Los videojuegos: medicina para la ansiedad
PorCarmelo Beltrán  - 
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[Artículo] Los videojuegos: medicina para la ansiedad

Este año la Universidad está siendo bastante exigente. Tanto, que apenas tengo tiempo para dedicarlo al ocio. Los pocos ratos que tengo se consumen leyendo en el transporte público, por lo que de tocar una consola ni hablamos. Y me diréis «ya, pero no te tirarás estudiando hasta que te metas en la cama». Y tenéis razón, pero las clases de inglés, mi trabajo como corrector y el hecho de tener que escribir para esta web —entre otras— lo consumen.

Y no me estoy quejando —bueno, de la carga de trabajo universitario un poco—, porque escribir en esta web es uno de los mejores hobbies que uno puede tener, sobre todo a nivel de feedback, ya que siempre sois fieles a nuestras publicaciones.

Sin embargo, por mucho que te guste lo que haces, hay un momento en el que el nivel de exigencia que te autoimpones te supera, y ello, sumado a la gripe que he sufrido a lo largo de la semana ha implicado que el fin de semana colapsara. Me sentía agobiado, incapaz de estudiar o de ponerme a escribir. El agotamiento era el único sentimiento que podía identificar. Así que ante esa perspectiva decidí parar con todo y encender la WiiU.

Como consecuencia de haber visto a mi novia jugar al The Leged of Zelda: A Link Between Worlds a principios de esta semana sufrí la necesidad imperiosa de comprar algún juego nuevo. ¿Sabéis cuánto hacía que no compraba nada? Pues yo tampoco. Ha pasado tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Con deciros que fue el Bayonneta 2 el día de su lanzamiento… Yoshi’s Wooly World fue la respuesta a ese impulso.

La cosa es que, a pesar de toda esa ilusión que nos invade a todo cuando compramos una aventura nueva, el juego se quedó precintado en el armario (sí, yo no tengo apenas valdas, guardo mis cosas en un armario) esperando a que algún día me volviese a decir la cabeza que tenía algo por jugar. El sábado fue ese día.

Como os decía unas líneas más arribas me agobié y tuve que dejar todo a medias. Realmente es lo mejor, si no te sientes productivo lo mejor es esperar hasta que lo seas y no perder el tiempo. Así que me senté en la cama, agarré el Wii U Game Pad, le soplé la gran cantidad de polvo que tenía encima —totalmente verídico— y lo enchufé a la corriente, pues no le quedaba nada de batería. Empecé a jugar.

Se me olvidó todo lo que me podía causar ansiedad.

Solo con ver la pantalla cargando y fijarme en esos tres Yoshis de colores fue suficiente para que mi mente volase lejos de «lo malo». La introducción del juego, ese mundo de color, alegría e ilusión que solo hace tan bien Nintendo, me embriagó y me permitió dejar atrás mis sentimientos previos.

Pronto me descubrí jugando las pantallas que componían el primer mundo. Un gracioso dragón de lana —que por algún motivo me recordaba a mi perro— consiguió sacarme una sonrisa en un mal momento. Aunque, por alguna extraña razón, esta se ensanchó en el momento en el que se convertía en paraguas —no es un spoiler, ocurre en el segundo nivel—. A partir de entonces, durante la hora que estuve jugando, volví a ser ese niño de cinco años que descubría los videojuegos por primera vez.

Seguramente, el hecho de que fuese un juego fácil ayudó —me apuesto lo que queráis a que un Dark Souls no habría tenido el mismo efecto, sino que habría hecho aumentar mi nerviosismo ante las perspectiva de estar muriendo a cada paso—.  Hacía tiempo que no disfrutaba tanto jugando. No pensaba en horas, en tareas que hacer o en trabajo que entregar. No, solo importaba la diversión que me producía caminar a lomos de Yoshi.

Tengo que volver a sacar estos ratos para poder disfrutar de uno de los hobbies que he tenido durante más años de mi vida.

Con este artículo el único objetivo que me planteaba es contaros una serie de hechos que me han sucedido a lo largo de esta semana y cómo los he afrontado. Deciros que  los videojuegos pueden ser un buen método para quitarse el estrés de encima y que hay que dejar claro a todos aquellos medios y sectores que se empeñan en denostarlos que lo que aportan son beneficios, como cualquier otro producto de cultura.

¿Alguna vez os habéis sentido mejor después de jugar a vuestro videojuego favorito? Comentadlo abajo, queremos saberlo.

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